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HISTORIA |
Por José Larrey.
La rivera de
Usagre, cuyas aguas bañan todavía los corrales de la vieja calle Convento, discurre aún
por el cauce abierto en otro tiempo por los moradores del lugar, delimitando el caserío.,
Este arroyo, según consignan todas las crónicas hasta la época actual, ha sido,
la vida y también la muerte de la población, ya que si en un principio representó un
fuerte atractivo para la instalación de los primeros ocupantes, después ocasionó
repetidamente infecciones y epidemias, cuando sus aguas se estancan durante los estíos,
provocando con frecuencia la huida de las gentes del lugar.
En el presente, el caserío ha saltado la rivera originando tejidos del otro lado de manera que su cauce se encuentra ahora embutido entre las construcciones.
Basándose
en testimonios de Strabón, Clusio, y otros cronistas de la antigüedad, algunos
historiadores han sostenido que el origen de la población se encuentra en un asentamiento
establecido por los túrdulos en el siglo VI a. C. bajo el nombre de Ursaria,
"dándole aqueste nombre por los muchos osos que había en aquestas partes",
según consigna Ortiz de Thovar.
Tras sucesivos arrasamientos que provocaron su desaparición temporal como centro poblado, el enclave estuvo ocupado por los romanos a los que la tradición atribuye el topónimo Urbs Sacra, los visigodos y los árabes, según ponen de manifiesto los numerosos restos correspondientes a tales épocas hallados en la localidad y sus inmediaciones. En efecto, los numerosos vestigios de naturaleza prehistórica, romana, visigótica, etc., aparecidos en este ámbito, testimonian tratarse sin duda de un punto poblado desde los tiempos más remotos. Entre los yacimientos más señalados cabe recordar los de Santa María, las Mallas, Cercado de Teléfonos, la Venta, el Caballar, cerro del Moro y otros. En la población existen diversas colecciones atesoradas por aficionados locales, ricas en piezas de gran interés.
En 1241, el núcleo fue ganado a los árabes para los cristianos por el maestre santiaguista Rodrigo Iñiguez. Su sucesor, Pelay Pérez Correa, estimuló su repoblación otorgándole a mediados del siglo XIII su famoso Fuero. El lugar quedó bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago, con categoría de Encomienda, con una renta anual de 13.921 reales de vellón. El término de la villa quedó delimitado definitivamente, en 1434, mediante sentencia del contestable Alvaro de Luna, administrador entonces, y gran maestre más tarde, de la Orden santiaguista. Por la misma se fijó una superficie de casi 50.000 ha., extensión semejante a la de la vecina Azuaga, y muy superior a la de Llerena, de la que posteriormente se desgajarían los términos de Hinojosa del Valle, Bienvenida y Llera, quedando a partir de entonces en sus actuales 25.000 ha.
En la época renacentista la población constituía uno de los centros más destacados de la zona, siendo así señalado en el Vocabulario de Antonio de Nebrija.
A finales
del siglo XVI, etapa de su mayor esplendor, el núcleo contaba con 625 vecinos pecheros,
esto es, uno 2.600 habitantes en total. En esa fecha se alzaban en el lugar, además de la
iglesia parroquial, tres ermitas, entre ellas la muy antigua de Nuestra Señora de la
Cartellona, y un convento de profesas de la Orden Seráfica de la Concepción, fundado en
1514 por Gonzalo Rico, once de Castilla y Mayor de Cepeda, su esposa. Este convento se
trasladó a Bienvenida en 1732.
A mediados del XIX aparecían ya tan sólo las ermitas del Santísimo Cristo de la Piedad, ocupando el antiguo convento concepcionista, y la de la Cruz, a las afueras, donde se hallaba instalado el cementerio local. De estas antiguas fundaciones perdura en el presente, además de la parroquia, únicamente la ermita de la Piedad.
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de Gracia se trata de realización gótico-mudéjar de gran interés, originaria del siglo XV, aunque profundamente modificada después por sucesivas remodelaciones. Su aspecto actual data de la reconstrucción llevada a cabo en 1819. En la actualidad aparece como una construcción de destacadas proporciones, realizada en mampostería de piedra y ladrillo. Su planta es de tres naves divididas en tres tramos, con bóvedas de cañón sobre potentes pilares, y a los pies coro y atrio de acceso. La cabecera, que resulta la zona más antigua, presenta estructura de triple espacio, con ábside poligonal y capillas cuadrangulares blanqueándolo, con cubiertas de crucería. Diversos edículos de variadas características se anejan al cuerpo principal de la construcción, originando un conjunto de variada morfología y particular atractivo plástico.
Al exterior llama la atención la capilla absidal del costado del Evangelio, con su remate almenado sobre triple arquería y friso de ladrillo.
La fachada frontal presenta a la izquierda una espadaña torreada de sencilla factura, con dos amplios campanarios. Centrada bajo el hastial se abre una portada de piedra, de severo diseño clasicista, con finas pilastras laterales y elemental arquitrabe de coronación. Bajo el arco que lo remata por la parte superior, se cobija una hornacina en la que se aloja una hierática imagen de piedra, representando a la Virgen con el Niño, obra de gran interés, probablemente visigoda o mozárabe.
Especial valor reviste la portada del lado del Evangelio, atribuida por Mélida a la pequeña iglesia de la aldea de la Cardenchosa, y cuya estructura resulta muy semejante a la existente en la parroquial de Lobón, si bien ésta se presenta encalada. Se trata de una excelente realización mudéjar, ejecutada por completo en ladrillo visto. Consta de arco apuntado configurado por sucesivos baquetones que se rematan con un elevado conopio y enmarque en alfiz, Las amplias albanegas se cubren con tracerías terminadas en florones. Bajo el conopio se aloja una pequeña ménsula correspondiente a una imagen hoy desaparecida. Por encima del alfiz se sitúa un lienzo de ladrillo rematado con una cornisa de canecillos. Para resguardar esta portada, con motivo de la última restauración ejecutada, se dispuso, cobijándola, una visera de mampostería que la encuadra por completo, en términos que desvirtúan la entidad de la hermosa pieza.
La ermita del Cristo de la Piedad es una pequeña realización con nave de dos tramos, cubierta mediante bóvedas de cañón con lunetos, y cabecera cuadrangular. Esta, que resulta la zona de mayor antigüedad, presenta bóveda de crucería estrellada de adornada estructura, con frisos laterales de ornamentación vegetal. Al exterior ostenta hermosa espadaña de gran cuerpo, con doble campanario abalconado, sobre sencilla fachada encalada.
En el terreno de la arquitectura civil, en la plaza perduran restos de la antigua Casa de la Encomienda de Santiago, realización noticiada ya en el siglo XIV, y descrita repetidamente después por los visitadores de la Orden hasta el siglo XVIII. Se trataba de una construcción de dos plantas, con pequeño torreón y arquería doble al interior, abierto al gran patio de la parte posterior, cuyos detalles resultan conocidos merced a los estudios realizados por la Doctora Ruiz Mateos. En la actualidad se conservan parte de los arcos interiores.
No lejos, en la calle Convento, perdura también la llamada Casa de la Inquisición, pequeño edificio de carácter popular, con puerta y ventana enmarcadas con motivos decorativos de sencilla ejecución, realizados en fábrica y encalados. Un escudo en piedra de esta institución, procedente quizá de esta casa, se conserva en una colección particular de la localidad.
En el dominio de los equipamientos históricos destaca la fuente de la plaza principal. Constituye la misma una hermosa pieza erigida en 1575 y reconstruida en 1798, según indican sendas inscripciones. Consta de pileta circular de piedra, con pilar central rematado por el característico cuerpo bulboso donde se sitúan los caños. La obra se halla a nivel más bajo que el ámbito circundante, encontrándose rodeada por un poyete de poca altura también circular, y una reja de hierro, que en la parte frontal ostenta dos arquillos de diseño conopial.
Próxima a esta fuente, ocupando un rincón de variada morfología, de notable atractivo espacial y plástico, que define la confluencia de las calles Convento y Puente, se encuentra el pilar con su abrevadero. La obra responde a las características habituales, tratándose -de realización de generosas proporciones ejecutada en piedra, y erigida en 1823 como hace constar la correspondiente inscripción.
Realización de singular
interés es el puente romano que se tiende sobre la rivera, en las inmediaciones
del pilar. Se trata de obra de pequeñas proporciones, realizada con sillares
graníticos de labra regular, sobre dos arcos de medio punto con estribo y
espolón central. Testimonio de su reconstrucción en época medieval, es el remate
de sus pretiles, realizado con piezas reutilizadas de las nervaduras de algunas
bóvedas de la iglesia parroquial. Una canalización de hormigón, dispuesta hace
escasos años bajo su estructura, altera de modo importante las características y
el valor histórico artístico de tan destacado monumento.
Casonas, buenas rejerías y otros edificios y detalles constructivos del pasado, se conservan en la localidad testimoniando sus glorias pretéritas. Entre ellos merecen atención el Ayuntamiento viejo y la cárcel; la ventana mudéjar que se mantiene en la casa núm. 10 de la calle Mesones, etc.
Fuentes del siglo pasado mencionan la existencia, en funcionamiento todavía en esa época, de una caldera de aguardiente de guindas, y un lavadero de lanas, en el que algunos años llegaron a tratarse hasta 60.000 arrobas, así como una treintena de molinos, harineros y tres minas de cinabrio. De algunas de tales obras se conservan aún ciertos vestigios.
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LA MARCHA DE LAS GÜERTAS |
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Con motivo de la Semana Cultural se montó en el pasado mes de agosto una exposición gráfica sobre esa Marcha entrañable que un grupo de entusiastas usagreños viene realizando hace ya tres ediciones con el esplendor del mes de mayo.
Esta marcha es, como si dijéramos, el retorno ilusionado al paraíso
perdido de nuestra rivera y su entorno, que en la plenitud de la primavera se nos ofrece
exultante de vida y color. Tomar porte en esta Marcha es imbuirse en el disfrute de
paisajes insuperables en belleza y en el goce de la naturaleza generosa en paz, aires
puros, vivencias, deporte plácido y relajante y, también, de reencuentro con las raíces
dormidas de Usagre.
La salida de la Luná, lugar mítico para los usagreños donde los haya, se hace con las primeras horas de la mañana, cuando el aire todavía fresco se pasea por entre los álamos de la Presa Honda. Desde allí, el grupo de andarines, mochila, gorra y palo de marcha en ristre acomete el sendero que les llevará vegas abajo hasta la huerta de María o el Camino de la Plata, punto final del recorrido.
Marjales,
presa de riego, huertas, pasiles molinos, caus e incluso lugares agrestes, van siendo
recorridos en zigzagueante marcha con el gozo y la fruición del reencuentro con lo insólito En fila india, los andariegos se
meten por entre el verdor lujurioso de la naturaleza y por los vericuetos convencionales
que el guía, o los guías, van marcando, para visitar los más pintorescos lugares.
Hace un siglo, con las huertas a rebosar de gentes, se contaban hasta 46 huertas y 26 molinos harineros. Actualmente, aunque cultivadas en su totalidad, las parcelas huertanas se ven solitarias, y de los molinos sólo uno continúa en pie y con toda su tramoya completa, los demás, salvo dos que tienen todavía algunas piezas a punto de perderse, están totalmente arruinados. Ante esta visión, el pasado se hace presente y nuestro cámara va filmando lugares y cosas mientras el improvisado narrador hace su trabajo explicando algunos porqués de la tradición y de la historia.
Tradicionalmente
había tenido en el moral los hortelanos su árbol simbólico porque él daba nombre a su
fiesta principal que se celebraba en el día de Santiago. El Día del Moral era su fiesta
mayor, la fiesta por excelencia del año. Ese día se estrenaban trajes, la mayoría de
pana, camisas blancas de tirilla sin cuello, botos nuevos, faldas nuevas, pañolones... y
se subía al pueblo a disfrutar del cine, del baile, del teatro y de los bares y
atracciones. Esto era en la tarde, por la mañana los vecinos del pueblo habían bajado a
las huertas en paseo de degustación de frutos y de regocijos festivos. La tradición de
esta fiesta venia de antiguo porque había sido la Orden de Santiago a través de sus
comendadores la que a principios del siglo XVI había repartido parcelas en sus tierras de
las vegas ribereñas a los pecheros de Usagre para que creasen vergeles cobrando la
Encomiendo por ellas una renta anual consistente en el diezmo de las cosechas y el diezmo
de los pollos de corral.
Al mismo
tiempo que las huertas, se fueron creando molinos, que ya aparecen regulados en su
funcionamiento por el Fuero de Usagre. los molinos habían de moler de San Juan a San
Miguel a un precio y de San Miguel a San Juan a otro mayor. Y, naturalmente, también pagaban a la Encomienda su censo de cuartillos. La industria
harinera de los molinos hidráulicos fue la más importante de la población hasta la
llegada de la electricidad y aún después continuó siendo fundamental. El último gran
servicio prestado por los molinos tuvo lugar en los años de la posguerra, en los
difíciles años del hambre, cuando se molía el trigo de contrabando y era llevado por
los estraperlistas en tren a Sevilla desafiando el peligro de controles y brigadillas.
Antes de cruzar la ribera para llegar a la huerta del Moral, la Marcha se detiene en la huerta de Paco que está como un pimpollo, como un queso fresco de blancura inmaculado al sol, primorosamente repintada y adornada con macizos de flores que sirven para que nuestro cámara Nonín se luzca. Se cruza la ribera por sobre un entarimado reposado en las rocas del riachuelo y por él se sube a la huerta del Moral. Parada para el almuerzo. Se tira de navaja, de pan y chorizo, de papá matancera, se toma la sopará...
Reemprendida la Marcha, junto a la naturaleza formidablemente reencarnada, los verederos van topándose con alguna casa derruida o con el seco cubo de algún molino. Todavía un solitario hortelano peina con su arado de tiro de mula las tablas de una huerta. Arriba, la casa de puertas desvencijadas llena de farrondones y huérfana de cal, traerá, de seguro, alguno añoranza al emigrante que un día vuelve al lugar donde nació y vivió sus mejores días.
Rica en
ella, la ribera irá mostrando su fauna menor aquí y allá: un galápago que se mueve
perezoso, las vivaces ranas que saltan a la ribera, el barbo de la charca nadando ufano
entre las aguas
cristalinas, las gallinetas que escapan aprisa de su nidal de la isleta, caballitos,
mariposas, abejas, el jilguero cantarín del guindol, los patos de la represa y las
pesadas ocas, algún simpático topino, una nutria, la bicha deslizante de la junquera...
El recorrido es fantástico hasta la huerta de María donde se hace la merienda y el gazpacho de la convivencia.
Todavía hay una última presa, la doce, unos últimos molinos, una última huerta. Los caminantes han dejado atrás el macizo de árboles frutales de multitud de especies antes de llegar a la Vereda de la Plata. Final de Marcha donde la camioneta les espera para el regreso.
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BIBLIOGRAFÍA |
Gran Enciclopedia Extremeña y José Larrey.
Para más información solicítela en el Ayuntamiento:
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